Este artículo fue escrito y enviado por un residente de Maine nacido en África que solicitó el anonimato.

Un día, en un hospital de Estados Unidos, mi bebé lloraba de hambre. Naturalmente, me preparé para amamantarlo en la sala de espera. Pero una enfermera se me acercó y me dijo: “A la gente no le gusta ver a una mujer amamantar en público”. Esas palabras me congelaron el corazón. Tenía un recién nacido frente a mí que necesitaba ser alimentado, y a mí, como madre, se me prohibía responder a esta necesidad vital.


Desde ese día, desarrollé un miedo casi instintivo a amamantar a mi hijo en público. A menudo, cuando lloraba de hambre, me paralizaba ante la mirada de los demás, incapaz de realizar este acto natural. Tuve que buscar soluciones humillantes: encerrarme en el coche para amamantarlo en posiciones incómodas, o cubrirme completamente con una manta, sudando por el calor mientras mi bebé también estaba incómodo. Todo esto simplemente porque algunas personas consideran que amamantar en público es inapropiado.


Lo que más me impacta es el contraste con lo que conocía en mi país. Allí, la lactancia materna en público no solo se acepta, sino que se fomenta. Cuando un bebé llora en un espacio público, todos gritan a la madre: «¡Dale de comer! ¿No ves que tiene hambre?». La comunidad apoya espontáneamente a la madre. Alguien le cede el asiento para que pueda sentarse cómodamente, otra persona se ofrece a sostenerle el bolso, e incluso los hombres ayudan a facilitar la situación. Exponer el pecho para amamantar a su bebé no se considera algo chocante ni vergonzoso, sino un acto normal, humano y vital que todos respetan.


Esta diferencia cultural es enorme. Por un lado, una sociedad que juzga y avergüenza a las madres; por otro, una sociedad que las apoya y las ayuda. La pregunta que me hago es simple: ¿por qué debería una madre avergonzarse de amamantar a su hijo? Amamantar no es un capricho ni una decisión egoísta; es una respuesta inmediata a una necesidad fundamental. Un bebé hambriento no puede esperar.




Si algunas personas no quieren ver a una mujer amamantar en público, al menos deberían habilitarse espacios adecuados en lugares públicos: hospitales, estaciones de tren, centros comerciales, parques. Ofrecer a las madres un lugar digno y cómodo para amamantar sería lo mínimo. Pero el verdadero cambio radicaría en transformar nuestra mentalidad colectiva. Amamantar no es nada indecente. Al contrario, es uno de los actos más naturales y esenciales.


Toda sociedad tiene el deber de proteger y apoyar a las madres. Juzgarlas, ocultarlas u obligarlas a aislarse las priva de un derecho fundamental y pone innecesariamente en peligro el bienestar de los niños.

Sueño con un mundo donde ninguna mujer tenga que elegir entre la mirada ajena y el hambre de su hijo. Un mundo donde la lactancia materna en público ya no se considere un escándalo, sino lo que realmente es: un acto de amor, salud y dignidad.

En el Occidente, la lactancia materna en público todavía suele ser juzgada y restringida para las madres. En África, se reconoce como un acto natural y apoyado por la comunidad. La cuestión no se trata solo de crear espacios para la lactancia materna, sino de transformar mentalidades: respetar y proteger a las madres en todas partes garantiza la salud y la dignidad de nuestros hijos.